Entonces, el hombre de hojalata oyó su historia. Cuando se dió cuenta de todo el sufrimiento que podía acarrear un corazón, se dió cuenta de que sin él, la vida sería más facil, ya que no habría felicidad. Pero tampoco habría sufrimiento ni desesperación. Entonces, abandonó el camino de baldosas amarillas y se apartó de él para no volver más.
Para variar, volvía a llover y a hacer frío. Aunque almenos, Eolo parecía haberse dormido, ya que no soplaba ni una ligera brisa de viento, cosa que a esas alturas, ya no le importaba lo mas mínimo.
Estaba empapada, llevaba casi dos horas sentada en el banco del parque, y pese a estar calada hasta los huesos, allí siguió sentada, y solo se dedicaba a mirar pasar a las apresuradas gentes que corrían en busca de un lugar donde cobijarse. Los veía como si estuvieran muy lejos, como si siguiera sentada junto a la ventana de su dormitorio, viéndolo todo sin formar parte de nada
Las lágrimas besaban sus mejillas, fundiéndose a la par, con las gotas que caían de las negras nubes. Ya se había decidido a dar el paso, no había mas vueltas que darle, y tampoco había marcha atrás, solo podía esperar allí sentada
Se sintió cansada, como si los parpados le pesaran toneladas, y no intentó mantenerlos abiertos, tenía la esperanza de que eso la librara de la vida que le había tocado vivir. No se había fijado que todavía seguía agarrandolo con fuerza, pese a que ya apenas sentía nada. El ruido de la lluvia era un murmullo que se oía muy lejano.
El momento parece que había llegado, vió una oscuridad tan oscura que era inimaginable, y se vió arrastrada hacia ella. La sensación de que mil manos la empujaban hacia la oscuridad era a la vez fascinante y aterradora, pero su cuerpo no respondía. Su cuerpo era un pelele, el cual no podía ni mantenerse erguido, así que, muy lentamente, fue deslizándose hacia el apoyabrazos del banco, donde su cabeza encontro reposo. Al mismo tiempo, su mano alivió la presión a la que estaba sometiendo al cuchillo, el cual cayó al suelo con un apagado golpe. Nadie estuvo cerca para oirlo, nadie estuvo cerca para ayudarla, nadie estuvo cerca de ella cuando más lo necesitaba
Había llovido, y mucho. No se por qué, pero ese día me apetecía salir a caminar, pero sin saber a donde ir, solo salir a ver como la lluvia había cambiado la ciudad: Charcos en las calles, paraguas en cada esquina y un frío que calaba hasta los huesos. Aunque todo aquello tenía su encanto, el aire frío de la tarde era, de un modo extraño revitalizante, y cada hoja que caía de un árbol y se unía a sus hermanas mayores en la calle, daba a entender que el otoño ya estaba aquí, y había llegado para quedarse.
Las prisas, el agua y un traspiés fueron lo que la llevó directamente al suelo. Tenía pinta de que el golpe había dolido bastante, pero muchas veces, duelen mas los ojos de todos aquellos que te miran desde la distancia, y no se dignan ni a tender una mano amiga para ayudar a levantarte. Y no fui una mirada en la distancia, fui la mano. Sin recordar cómo, ella estaba apoyándose en mi brazo, intentando limpiarse un poco el pantalón.
Ella era el tipo de chica que no pasa desapercibida: Melena pelirroja, ojos color miel, y una sonrisa de las que quitaban el hipo. Pero eso no era lo que me llamó la atención una vez comenzamos a hablar, era su candidez, su simpatía, su cordialidad, y esos ojos color miel que te invitaban a seguir conociéndola. Lástima que tuviera tanta prisa, solo pude cruzar un par de frases con ella mientras se intentaba limpiar el pantalón, y otras pocas más mientras la acompañé a la tienda donde trabajaba de dependienta. Nos despedimos con beso en la mejilla, que me pareció dar a enteder "Quiero volver a verte
Decidí volver a la hora de cierre de la tienda, esa chica tenía algo especial, y no quería desaprovechar una oportunidad como aquella. Cuando salió, su cara al verme fue algo indescriptible, si ya me parecia preciosa al verla tropezar en la calle, más me lo pareció al verla con aquella expresión de asombro. Intenté disimular que a mi también me alegraba verla, pero no pude. Noté como mis mejillas se iban poniendo más y más rojas a cada pasó que daba hacia ella, pero no me importó, las manos me sudaban a chorros, pero eso tampoco importó. Y tampoco pareció importarle a ella cuando aparte un mechón de pelo que le caía sobre los ojos.
Era sábado por la noche, y no teníamos que trabajar al día siguiente, y ninguno teníamos planes para esa noche, así que, volvimos a hacer lo que hacíamos cuando nos encontramos: Caminar y caminar, intentando no resbalarnos esta vez. Caminamos durante horas, durante las cuales, hablamos sin cesar. Nunca antes me había sentido tan bien, siempre me costaba llegar a ese punto de confianza con una persona, pero ella hacía que todo fuera sencillo. No habían tabús, no habían malos gestos, sólo nos reíamos y nos ibamos conociendo más y más. No tarde darme cuenta, de que no quería separarme de ella, de que era ella con quien quería compartir mi vida, y ella me hizo notar que también era así cuando nuestros labios se unieron en un cálido beso. Mis manos se aferraron a su espalda, y sus manos acariciaban mi pelo. No me lo podía creer, me había tocado la lotería, o algo mejor, me había tocado ella.
Despés de eso perdí la noción del tiempo, no se cuanto tiempo había pasado, tal vez un par de minutos o todo un día, cuando me despertó la alarma del despertador. Estaba en mi cama, todavía con la imagen de su beso en mi mente. Pero ella no estaba a mi lado. Todo era muy confuso, intenté recordar que había pasado desde nuestro beso, en que había acabado todo aquello. Pero todo había sido un sueño, el sueño de todo aquello que nunca había podido alcanzar, y del que hubiera preferido no despertar.